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Lo que aprendo en cada presentación

Cada presentación tiene su propia sala, su propia luz, su propio grupo de gente. Pero todas se parecen en un momento concreto: el que llega justo después de cerrar el libro, cuando termino de leer un fragmento y levanto la vista. Ese segundo de silencio, antes de que alguien levante la mano o se acerque a la mesa, es el que más me enseña de todo lo que hago.

Viajar de ciudad en ciudad para presentar el libro no es solo repetir lo mismo en sitios distintos. Cada público reacciona diferente, cada sala tiene su temperatura. Hay presentaciones donde la gente pregunta enseguida, casi sin dejarme terminar; hay otras donde el silencio dura más y las preguntas llegan después, en la firma, en voz más baja. Con el tiempo he aprendido a no forzar ninguna de las dos cosas. Cada grupo necesita su tiempo.

Lo que más me llevo, siempre, son las conversaciones que pasan en la mesa de firmas, casi en susurro. Alguien que me dice «esto me pasó a mí también» sin dar más detalles, y no hace falta que los dé. Alguien que me pide que le dedique el libro a otra persona, «porque ella lo necesita más que yo». Alguien que simplemente se queda un segundo más de lo normal, como si quisiera decir algo y decidiera, al final, que con estar ahí ya basta.

Esas conversaciones son el motivo real por el que sigo yendo a tantos sitios como puedo. Escribir es un acto solitario — uno mismo, la pantalla o el papel, y las horas. Pero presentar el libro me devuelve la otra mitad: la de saber para quién escribo, aunque no lo supiera mientras lo escribía.

También aprendo de las preguntas incómodas, de las que no siempre sé responder bien a la primera. «¿Cómo se sigue adelante después de algo así?» no tiene una respuesta que quepa en una firma de dos minutos. Pero intento, al menos, no dar una respuesta fácil solo por salir del paso. Prefiero decir «no lo sé del todo, pero esto es lo que a mí me ayudó» antes que inventar una fórmula que suene bien y no sirva para nada.

Si algo tengo claro después de tantas presentaciones es que el libro no termina cuando se cierra la última página. Termina, si es que termina, en esas conversaciones. Y por eso, mientras pueda, seguiré yendo.

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