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Qué es la poesía en prosa (y por qué escribo así)
Cuando alguien me pregunta qué escribo, la respuesta más honesta es: poesía en prosa. Y casi siempre tengo que explicar qué es, porque no es un término tan conocido como novela o poemario.
La poesía en prosa es un texto que se escribe sin los cortes de línea del verso — como un párrafo, con la puntuación normal de la prosa — pero que conserva el ritmo, la densidad y la intención de la poesía. No cuenta una trama paso a paso, como haría una novela. Tampoco se corta en versos cortos para marcar una pausa, como haría un poema clásico. Se mueve en un territorio intermedio: frases que respiran, que se permiten silencios dentro del propio párrafo, que dicen más de lo que ocupan.
Elegí esta forma sin pensarlo demasiado, casi por instinto. Cuando empecé a escribir sobre lo que había vivido, la prosa narrativa tradicional me obligaba a explicar demasiado — a justificar, a dar contexto, a construir una historia con principio y final ordenados. Y lo que yo tenía que decir no funcionaba así. Era más parecido a un latido que a un argumento: algo que aparece, pesa, y se va, sin necesidad de una trama que lo sostenga.
La poesía en prosa me permite eso. Puedo escribir un párrafo entero sobre un solo sentimiento sin tener que llevarlo a ninguna parte. Puedo repetir una palabra si esa repetición dice algo que una palabra distinta no diría. Puedo dejar una frase incompleta si el silencio que sigue forma parte de lo que quiero contar.
También es una forma exigente. Sin los recursos del verso — la rima, el corte de línea, la métrica — cada palabra tiene que justificar su lugar en la frase. No hay donde esconder una palabra de más. Eso me obliga a revisar mucho, a leer en voz alta, a quitar antes que a añadir.
Sé que no es la forma más fácil de vender ni la más rápida de leer. Pero es la que mejor me permite escribir lo que de verdad quiero decir, sin traicionarlo con estructuras que no le pertenecen. Y, a juzgar por los mensajes que recibo, también es la que mejor llega. Quizás porque, al final, el ritmo del texto se parece bastante al ritmo con el que pensamos las cosas que más nos cuestan: sin orden, sin capítulos, a golpes.