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Escribir desde la herida, sin regodearse en ella

Hay una pregunta que me hacen a menudo, casi siempre con cuidado, como si temieran incomodarme: «¿No te cuesta escribir sobre esto?». La respuesta corta es sí. La respuesta larga es que el coste no es el problema — el problema sería no escribirlo.

Cuando empecé a poner en palabras lo que había vivido, me di cuenta de que existe una línea muy fina entre nombrar el dolor y exhibirlo. Nombrarlo es decir «esto pasó, esto se sintió así» y dejar que el lector se reconozca si le toca. Exhibirlo es otra cosa: es convertir el dolor en espectáculo, en detalle morboso, en algo que se cuenta para impresionar en lugar de para acompañar. Yo no quiero escribir así. Nunca lo he querido.

Por eso elijo la poesía en prosa. Es una forma que me obliga a medir cada palabra, a no llenar el espacio con más de lo necesario. No hay sitio para el exceso cuando cada frase tiene que sostenerse sola. Y creo que el dolor, cuando se escribe con esa contención, se vuelve más honesto — y también más soportable, tanto para quien escribe como para quien lee.

No escribo para que alguien llore. Escribo para que alguien, en algún momento de la lectura, piense «esto también me pasó a mí» y sienta que no está tan solo como creía. Esa es la diferencia entre contar una herida y usarla. La primera abre una puerta. La segunda solo la enseña.

También soy consciente de que quien lee llega con su propia historia, con sus propias heridas abiertas o casi cerradas. Por eso cuido mucho cómo entro en los temas difíciles: sin urgencia, sin frases que busquen el golpe fácil, dejando que el lector decida cuánto quiere acercarse y cuándo necesita parar. Escribir sobre lo que duele no me da derecho a hacer daño gratuito a quien me lee.

Con el tiempo he entendido que esta forma de escribir — sobria, directa, sin adornos innecesarios pero también sin exceso — es la que mejor representa lo que quiero decir. No busco la frase que más impacte. Busco la frase que sea verdad. Casi siempre, con eso basta.

Si algo de lo que escribo te remueve, prefiero que sea porque te reconoces, no porque te he asustado. Esa es la línea que intento no cruzar nunca.

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